Pregón de 2008

Monseñor Raúl Berzosa Martínez

Monseñor Raúl Berzosa Martinez nació en la localidad burgalesa de Aranda de Duero el 22 de noviembre de 1957.

Cursó estudios eclesiásticos en el Seminario Menor de Burgos entre 1968 y 1974 y en la sede burgalesa de la Facultad de Teología del Norte de España entre 1974 y 1982. En dicha Facultad completó en 1984 el Doctorado en Teología Dogmática.

Fue ordenado sacerdote el 8 de noviembre de 1982, en Valencia, por Su Santidad Juan Pablo II. Está incardinado en la archidiócesis de Burgos.

Entre 1984 y 1987 completó los estudios de Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Santo Tomás de Aquino de Roma y los cursos diplomáticos en la Academia Eclesiástica Pontificia.

A lo largo de esta estancia en la ciudad eterna, estudió también Antropología Teológica en la Pontificia Facultad Teológica «Teresianum» y siguió un curso de periodismo en el Instituto Profesional «Lazio».

Es autor de numerosas publicaciones entre libros y artículos sobre temas de Teología. Espiritualidad, Pastoral y relación Fe-Cultura, entre ellos:

  • Evangelizar en una nueva cultura (1994)
  • Para comprender y vivir la Iglesia diocesana (1998)
  • Ser laico en la Iglesia y en el mundo (1998)
  • Para comprender la creación en clave cristiana (2001)
  • 10 desafíos al cristianismo desde la nueva cultura emergente (2004)
  • Una lectura creyente de Atapuerca (2005)
  • 100 preguntas sobre el misterio de nuestros orígenes (2005)
  • Transmitir la fe en un nuevo siglo (2006)
  • En el misterio de María (2006)
  • Iglesia, sociedad y comunidad política (2007)

Colabora con varias revistas de investigación, divulgación y cultura religiosa.

Ha desempeñado los cargos de:

  • Vicario Parroquial de Medina de Pomar (Burgos) entre 1982 y 1983
  • Párroco de Pampliega, Villazopeque, Palazuelos de Muñó, Barrio de Muño y Belbimbre (Burgos) entre 1983 y 1984.
  • Párroco de Arcos de la Llana y anejos y de Sotresgudo entre 1997 y 1998.
  • Delegado Diocesano de Medios de Comunicación. Director de la revista diocesana «Sembrar» y Director de los programas diocesanos de Radio COPE además de los de Director del Instituto de Teología para Laicos y del Instituto de Teología a Distancia de 1987 a 1993.
  • Profesor de Teología Dogmática en la facultad de Teología del Norte de España y Director del Instituto de Ciencias Religiosas «San Jerónimo» de 1987 a 2005.
  • Secretario de los Obispos de las diócesis de Castilla-Leon de 1994 a 2005.
  • Pro-Vicario General y Vicario de Pastoral de la archidiócesis de Brugos entre 1993 y 2004.

Pertenece a las Comisiones Episcopales de Doctrina de la Fe y Medios de Comunicación Social para el trienio 2005-2008.

El 22 de marzo de 2005 fue nombrado Obispo auxiliar de Oviedo, recibiendo la ordenación episcopal en la sede catedrática de la capital asturiana, en una ceremonia presidida por el señor Arzobispo Don Carlos Osoro, el 14 de mayo del mismo año.

Pregón de Semana Santa de 2008

Querido Sr. Parroco, D. Adolfo
excelentísimo Sr. Alcalde,
autoridades civiles y militares, especialmente los
representantes del Regimiento Principe,
Hermano Mayor de la Cofradía de Jesús Nazareno, y
Hermanos Mayores de otras Cofradías,
Hermanos cofrades y fieles de Villaviciosa,
¡Bienvenidos seáis todos!

He sido invitado a pronunciaros el pregón de Semana Santa. Y el pregonero se siente confundido: ¿Acaso necesita la Semana Santa ser pregonada? ¿Acaso no habla por sí misma la Semana Santa, directamente al corazón?

Porque Semana Santa es todo menos folclore, tradición rutinaria, leyenda o mito. La Semana Santa es la pasión de un hombre real, de carne y hueso, Jesús de Nazaret y, al mismo tiempo, de un Dios-Hijo, anonadado, hecho por nosotros tierra de nuestra tierra, sangre de nuestra sangre, dolor de nuestro dolor, muerte de nuestra muerte y, en el horizonte, resurrección personal y esperanza cósmica.

Durante el triduo sacro, cada año, recordamos, revivimos y celebramos a Jesús el Nazareno y los misterios de su pasión, muerte y resurrección: revivimos los últimos días de su historia terrena entre nosotros.

Por eso, la Semana Santa en Villaviciosa, es mucho más que un símbolo nostálgico del pasado. Es identidad, resistencia y provocación en medio de nuestra cultura del olvido y de la increencia, del laicismo cerrado, del fragmento postmoderno o del endiosamiento neoliberal. Es, todavía, y sobre todo, el reconocimiento agradecido de un pueblo a su Señor, quien quiso comprarnos a precio de humanidad y de sangre para darnos esa Vida que, saltando más allá del drama cotidiano, desemboca en la eternidad. La Semana Santa en Villaviciosa sigue siendo la medida de la altura y profundidad del hombre y la mujer de este pueblo y de estas tierras milenarias.

Durante unos días, los corazones explotarán en una sincera manifestación de religiosidad y de piedad popular.

¿Qué destacaría, hoy, como pregonero? Lo más importante: que desde 1668 Villaviciosa renueva, generación tras generación, con creatividad y fidelidad, su Semana Santa.

Deseo recordar que la primera Cofradía, la del Santo Nombre de Jesús Nazareno, nació en 1694. Y que ni siquiera la destrucción de imágenes durante la guerra civil pudo con el fervor y el espíritu de la Semana Santa. Ya en 1940 se reconstruyen las imágenes de Jesús Nazareno y de la Verónica, obras del escultor gallego Maximino Magariños; y, en ese mismo año de 1940, el Cristo articulado para el descendimiento, obra del valenciano Juan Bernet Serra. En 1942 se restituye el San Juan, obra del madrileño José Gutiérrez; y en 1943, la Dolorosa, obra de Julio Beobide y policromada por Ignacio Zuloaga. En 1945 el Jesús Resucitado. Y entre 1947 y 1948 la Coronación de Espinas y la Flagelación del Señor, obras del valenciano Enrique Galarza Moreno. En 1950 la nueva imagen de Jesús entrando en Jerusalén. Y, en 1953, la imagen del Niño Jesús, del artista Enrique Galarza Moreno.

Y con toda esta variedad y riqueza de imaginería, la Semana Santa en Villaviciosa se abre con el pórtico del Domingo de Ramos, con la bendición de ramos y con la presencia de Jesús sentado en la borrica. El Martes Santo destaca la procesión del Silencio, con el Crucificado y la Madre Dolorosa. El Miércoles Santo tiene lugar el sermón del Encuentro, en la Plaza de la Palmerona, y en presencia delos pasos de Jesús Nazareno, la Verónica, San Juan y la Virgen Dolorosa. En el Jueves Santo, procesión del Calvario, donde desfilan la Verónica, San Juan, la Flagelación del Señor, la Coronación de Espinas, Jesús Nazareno, la Virgen Dolorosa y los pasos infantiles de Jesús Niño, Primera Caída, Segunda Caída y Cristo Crucificado. Viernes Santo, como culmen, el Desenclavo o Descendimiento, en presencia de la Madre Dolorosa y del discípulo amado, San Juan, para dar paso al Santo Entierro y ser depositado Cristo en el Santo Sepulcro de plata y cristal. En el Sábado Santo, la procesión de la Soledad. Y, el domingo, la imagen de Jesús Resucitado y la Virgen del Rosario, repitiéndose esta última también el lunes.

Semana Santa en Villaviciosa. Semana Santa de un Dios hecho hombre. Con palabras de San Gregoro de Nisa, «la altura brilla en la bajura, sin que por ello la altura quede rebajada».

Semana Santa en Villaviciosa. Semana grande en la que vivimos al mismo tiempo cuatro pasiones: la pasión primera, en carne, del Hijo de Dios, celebrada sacramental y litúrgicamente; también una segunda pasión en el alma de cada cofrade y cada hermano; la tercera pasión se refleja en el arte de los pasos procesionales de artistas, con nombre o anónimos. Y, finalmente, pasión en la historia o pasión continuada: Jesús, el Cristo, sigue sufriendo, muriendo y resucitando en cada uno de nosotros, en este iniciado tercer milenio, en esta humanidad nuestra que espera la consumación definitiva y la plenitud escatológica. Pascal, el filósofo de los contrastes, escupió en una frase: «Jesús, hombre y Dios, estás condenado a la agonía hasta el final de los tiempos». Todo lo humano, lo positivo y lo negativo, la belleza y el pecado, la salud y la enfermedad, entraron en Dios de forma íntima y profunda para toda la eternidad. Desde entonces, con palabras de San Ireneo, «Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios… la gloria de Dios es que el hombre viva; y la gloria del hombre es la visión de Dios».

¡Qué bellamente lo ha expresado un teólogo de nuestro tiempo, H.U. von Balthasar, cuando escribió!: «el drama de la cruz revela la realidad más profunda de un Dios que asume en sí mismo el pecado del hombre para superarlo en un gesto que le lleva hasta experimentar “el infierno” del abandono y de la muerte total».

Semana Santa, memoria viva de un acontecimiento que perdura y sigue encontrando eco. Porque en ese condenado a muerte y en ese pueblo judío estábamos todos. Estábamos dando fuerza al cobarde Pilatos para firmar la injusta sentencia. Estábamos levantando las manos del verdugo para descargar con fuerza los golpes sobre la humanidad de Jesús. Estábamos riendo y gritando con el pueblo y las autoridades y hasta levantando testimonios falsos con los letrados y notables, y saboreando culpablemente con ellos la farsa del poder. Estábamos allí con las gentes del pueblo, pasivas y curiosas, llevadas por sentimientos viscerales mientras el justo cargaba con el madero. Estábamos con el mal ladrón, blasfemando nuestros dolores y desgarros interiores, lanzando contra el cordero inocente nuestros propios delitos. Estábamos con los soldados que se repartieron y sortearon lo único que poseía y le quedaba a Jesús, antes de desnudarse del todo: una blanca túnica. Estábamos con los esbirros que le cosieron con clavos y dieron a beber vinagre, cuando sólo pedía agua. Estábamos en el encuentro entre madre e hijo, camino del monte de la calavera y a los pies, en el patíbulo; y también con aquel verdugo que le traspasó el costado con su lanza. Estábamos, en fin, con la masa que sintió temblar su corazón cuando a eso de medio día, dando un fuerte grito, el Hijo de Dios expiró. Y la tierra tembló y las tinieblas cubrieron todo y el velo del Templo se rasgó en dos.

Sí, no exagero. Allí estábamos todos. Porque hace 2000 años, en la capital del pueblo hebreo, en el drama de un condenado a muerte, se concentraba toda la historia de la humanidad: la pasada, la presente y la futura. Porque ese condenado, ese hombre, era más que un hombre: el Hijo del eterno Padre y el resucitado para siempre. Esa madre era más que una madre: la sierva del Señor, el modelo y espejo de la humanidad. Ese drama era mucho más que un drama: era el centro y sentido de la historia, de nuestra historia, personal y colectiva.

La pasión de Cristo recapitulo toda la humanidad. La cruz es el árbol de salvación, del cual nos nutrimos, en cuyo tronco crecemos, en cuyas raíces nos asentamos y en sus ramas nos extendemos. Árbol de vida eterna, fecundo misterio que abraza el amor misericordioso de un Dios que se nos dona y de una humanidad que busca su plenitud más allá de sus sombras y pecado.

Por eso, hay que gritarlo, aunque no sea políticamente correcto: ¡¡No podemos olvidar esta otra pasión real: la de hoy, sufrida en los miembros dolientes del cuerpo místico de Cristo!!… Pasión en campos de batalla, en hospitales y psiquiátricos, en casas de acogida de inmigrantes y de trata de blancas, en pateras a la deriva y en hogares donde el maltrato es más frecuente que el pan de cada día, en pueblos excluidos y subdesarrollados bajo el peso de las guerras, el hambre o el analfabetismo… Todos esperan ser bajados de la cruz. Porque mirar al crucificado es mirar, al mismo tiempo e inevitablemente, a los nuevos crucificados de hoy.

En verdad, Tú, Jesús, te sigues identificando con los crucificados de la historia.
Tú exclamas por boca de los desesperados: «¡Pase de mí este cáliz!»
Tú preguntas con los torturados sin motivo: «¿Por qué me pegas?»
Tú sigues siendo condenado injustamente en los inocentes.
Tú eres coronado de espinas en campos de refugiados.
Tú eres azotado en el dolor de clínicas y hospitales.
Tú repites la vía del dolor en emigrantes y exiliados.
Tú sigues abandonado en miles de desesperados.

Continúa siendo verdad que estarás en agonía hasta el fin de los siglos.

¡¡Qué bella y acertadamente lo plasmó también la madre Teresa de Calcuta!!:

«Tú, eres, mi Señor, el hambre que debe ser saciado,
La sed que debe ser apagada,
el desnudo que debe ser vestido,
el sin techo que debe ser hospedado,
el enfermo que debe ser curado,
el abandonado que debe ser amado,
el no aceptado que debe ser recibido,
el leproso que debe ser lavado,
el mendigo que debe ser socorrido,
el borracho que debe ser protegido,
el disminuido que debe ser abrazado,
el ciego que debe ser acompañado,
el sin voz que necesita que alguien hable por él,
el cojo que necesita que alguien camine por él,
el anciano que debe ser servido,
el perdido que debe ser reconducido».

Os invito, como pregonero, en esta Semana Santa a mirar con otros ojos nuestras celebraciones, nuestras procesiones, nuestras expresiones sacras. Jesús, el Cristo, a través de ellos, sigue presente entre nosotros, pero también en el hermano o hermana oprimido, marginado, amenazado, secuestrado, negado, maltratado, explotado, violado, torturado o asesinado. El rostro del Jesús de la Semana Santa no sólo pasea por nuestras calles y plazas. Es el rostro de la entera humanidad reflejada en Él…

Jesús Nazareno, a tus pies nos preguntamos: «¿Quién se atreverá a restaurar la dignidad de los hermanos sufrientes?»

Virgen de los Dolores y del Encuentro, nos regalas otra pregunta: «¿Qué habéis hecho no sólo de mi Hijo, sino de sus hermanos y mis hijos los hombres?»

Pasos del Viernes Santo, nos devolvéis la mirada y nos preguntáis: «Contemplando al Cristo yacente, ¿sois capaces de contemplar con el mismo detenimiento y admiración a quien a tu lado, excluido o marginado, desterrado o maltratado, te necesita?»

Señora de la Soledad, en el Sábado de la espera, vuelves tu mirada y nos espoleas:« ¡No estéis tristes por mí ni por mi Hijo… Nuestra soledad es soledad sonora y sostenida por el amor! Pero tal vez en ti, o en tus hermanos cercanos, la soledad sólo sea eso: ¡soledad desesperanzada!».

Semana Santa de pasión y contrastes, clavada en el corazón del pueblo. Pero el dolor y la muerte reclaman luz y resurrección. Porque la muerte no puede tener la última palabra, ni hacernos olvidar la vida. Por eso, el pregonero, por momentos, se queda sin palabras. De nuevo, sólo el verso y la prosa poética del agónico Miguel de Unamuno supo escribir; «¡Tú que callas para oírnos, Oh Cristo crucificado, oye de nuestros pechos los sollozos; acoge nuestras quejas, los gemidos de este valle de lágrimas. Clamamos a Ti, Cristo Jesús, desde la sima de nuestro abismo y miseria humanos; y Tú, que eres de la humanidad la blanca cumbre, danos las aguas de tus nieves. A Ti que eres la Viña, pedimos el vino que consuela. A Ti, luna de Dios, la dulce lumbre que en la noche nos diga que el sol vive, nos ilumina y nos espera».

Sólo así podremos entonar el pregón pascual. Y, con el Espíritu del resucitado, que hace nuevas todas las cosas, podremos decir: «¡Creemos en la vida, en la justicia, en la alegría, en la esperanza, en la humanidad y en la creación nuevas».

Y, una vez más, unidos a los jóvenes de Taizé cantaremos un himno con sabor a no gastado, a novedad:

«El Cristo resucitado viene a animar una fiesta
en lo más íntimo del corazón humano.
nos prepara una primavera para la Iglesia y la humanidad.
una humanidad más fraterna y con imaginación y valentía
suficientes para abrir caminos de reconciliación, paz y justicia.
Una humanidad en la que el hombre ya no sea víctima del hombre».

Permitidme, casi para finalizar mi pregón, cantar con el escritor José Cabodevilla un himno de fe y de esperanza:

Porque Cristo resucitó y es el Hijo
creemos en el Padre y en los hermanos.
Porque Cristo resucito y es vida
creemos en la vida y no en la muerte.
Porque cristo resucitó y es el camino
creemos en el futuro y no en el miedo.
Porque Cristo resucitó y es la paz
creemos en la paz y no en la guerra.
Porque Cristo resucitó y está en los pobres
creemos en la justicia y no en la opresión.
Porque creemos que Cristo resucitó y está en la comunidad
creemos en la unidad y no en la división.
Porque Cristo resucitó y se apareció a Pedro
creemos en una Iglesia confiada a hombres pecadores.
Porque Cristo resucitó y nos da su Espíritu
creemos que somos hijos amados para siempre.

A partir de la resurrección del Hijo de Dios podremos exclamar con Pablo, el enamorado de Jesucristo: «Ninguno de nosotros vive ya para sí mismo… Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos de Dios» (Rom 14,7 ss)

A partir de la resurrección del Hijo de Dios, toda nuestra Diócesis, estará haciendo realidad el camino sinodal; que no es otra cosa que la misma experiencia de Emaús. Y, sólo viviendo la Semana Santa de verdad, tendrá sentido el año Santo de Redención de las Cruces que estamos viviendo y recibiremos de él fecundos y abundantes frutos de renovación.

¡¡Cristianos de Villaviciosa y cuantos participaréis en los Misterios de estos días: entramos en el Pórtico de la Semana Santa. Agudicemos los ojos del corazón para mirarle sólo a Él: Señor de la Vida, del Cosmos y de la Historia; al Hijo de la misericordia entrañable y del amor del ágape, gratuito y total, al cordero de Dios que quita los pecados del mundo. No tengamos miedo, abramos nuestro corazón y nuestras entrañas a quien nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, a quien nos puede limpiar y alumbrar de nuevo, y digámosle:

Cordero Hijo de Dios, divinízame.
Cordero santo de Dios, santifícame.
Cordero Blanco de Dios, embelléceme.
Cordero paciente de Dios, fortaléceme.
Cordero herido de Dios, lávame en tu sangre.
Cordero entregado de Dios, contágiame de tu amor.
Cordero eucarístico de Dios, aliméntame.
Cordero Pascual de Dios, resucítame.

Deseo finalizar, expresando mi más sincera felicitación a Antón, por ser durante tantos años el alma de la Semana Santa; al Regimiento Príncipe por ser bálsamo y humanidad en tantos escenarios de violencia; al escultor zamorano que ha enriquecido con nuevas andas el paso de «los judíos» o de Jesús coronado de espinas; y, por último mi enhorabuena más sincera a las hermanas Clarisas por su nombramiento como Cofrades de honor de Jesús Nazareno. Aunque sé que ellas piensan que no era preciso tal reconocimiento, por mi parte subrayo que se lo merecen. Ellas son custodias y devotas del misterio de Jesús no sólo en los días de la Semana Santa, sino veinticuatro horas al día, todos los días del año.

¡¡Feliz y fecunda experiencia de Semana Santa, maliayeses!! ¡¡Felices y santos días de gracias redentoras y salvadoras para todos!!

Raúl Berzosa Martínez
Obispo Titular de Arcavica y Auxiliar de Oviedo